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Ofrenda I, 2004
Ofrenda II, 2004
Bronce

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La realización de ofrendas es uno de los testimonios más antiguos de la cultura humana, existen evidencias prehistóricas de ofrendas en muchos lugares del mundo. El aspecto de las ofrendas puede variar, pero casi siempre consisten en colecciones de restos animales y vegetales reunidos en contenedores, cenizas y artefactos manufacturados – llamados “ofrendas votivas” – con algún valor cultural, sentimental o sagrado relacionados ya sea con inmortales fuerzas espirituales o con el tránsito de los vivos más allá del umbral de la muerte.

Todas las culturas prehispánicas dejaron restos de ofrendas, muchas de ellas funerarias y casi todas incluyen vasijas de cerámicas contenedoras de cenizas de resinas aromáticas y materiales orgánicos. Las vasijas en el ámbito cotidiano contienen sustancias vitales, en la simbología ritual representan al vientre materno. Algunas culturas intencionalmente quiebran las vasijas de las ofrendas funerarias, quizás representando así el escape del fluido vital hacia otro devenir. Si bien muchas culturas hoy en día han adaptado el ritual de las ofrendas para ajustarlas a las ceremonias civiles y laicas, entre los mexicanos se han mantenido de manera actualizada acciones de ofrenda con evidente contenido sacro, como es el caso de las fiestas dedicadas a los muertos de inicios de noviembre.

La realización de ofrendas no implica necesariamente el sacrificio de un ser vivo, pero sí suponen la sustracción de algo valioso del mundo de la utilidad práctica hacia una dimensión espiritual en la que los humanos practicantes de ofrendas respetuosamente buscan reconocimiento, auxilio, misericordia, guía o simpatía. Textos antiguos, como el bíblico del Libro del Génesis, nos confirman que el acto de la ofrenda ha sido una experiencia multi-sensorial: los olores de lo que se incinera se entremezclan con las oraciones y los cantos, así como con el tono del humo, el brillo del fuego y el color de las flores.

En el caso de las obras tituladas Ofrenda, parecería que Soriano busca más que recrear los despojos materiales, solidificar en bronce aquello que en la ofrenda resulta vital, aunque eventual y efímero: las humaredas, los adornos florales, los cantos y rezos, así como los gestos corporales de los practicantes rituales, emanando desde las vasijas y dirigiéndose al cielo. Incluso una de ellas ostenta algo que aparenta un par de campanas de altavoces: recurso moderno para amplificar la voz de los oradores.

Jardín escultórico

El jardín escultórico es un espacio público y gratuito que conecta el poblado de Amatitlán con el Centro Histórico de Cuernavaca. Es un espacio recreativo, de descanso, reflexión y disfrute de más de 4000 m2 que alberga 17 esculturas de gran formato de Juan Soriano. Su diseño integra la diversidad vegetal, un apantle de cauce natural y especies provenientes de regiones con clima similar al de Cuernavaca.